Hace unos pocos años, desde esta misma página, despedíamos a nuestra compañera Ana Armillas con una breve entrada titulada Hasta muy pronto, Ana, ilustrada con una fotografía donde salía acompañada con los retratos de sus admirados Ramón Acín y Conchita Monrás, presentes en la exposición permanente de la sala VIII. El motivo, su cambio de destino a los servicios centrales de la entonces Dirección General de Cultura, con la asunción de nuevos retos profesionales.

Sin embargo, no podíamos imaginar en esos momentos que, pasados unos años, nos tocaría el amargo y triste trance de despedirnos de ella definitivamente, con gran pesar de todo el personal que ha formado y forma parte del centro.

Para Ana trabajar en el Museo de Huesca, tanto como facultativa superior como directora, no fue desempeñar un trabajo más en su carrera profesional. Siempre demostró un especial cariño y compromiso profesional con todo lo que representaba, tanto el valioso inmueble que lo alberga, como con los fondos culturales que custodia, Bellas Artes y Arqueología.

Asumió desde el principio con entusiasmo todo lo que implica la gestión de un museo, con la preparación y planificación de actividades de muy diversa índole, restauración del patrimonio cultural, programación de actividades educativas, planificación de exposiciones, etc.… De especial relevancia fue su empeño personal por llevar adelante una gran muestra monográfica celebrada en el museo y que se dedicó al yacimiento altoaragonés de Labitolosa, o su decisiva participación como coautora en la publicación de la nueva guía del Museo.

Pero ese compromiso excedía también los límites del propio museo, y también lo demostró con todo lo relacionado con el patrimonio cultural de la demarcación territorial provincial. Muy especialmente con su trabajo con los numerosos restos arqueológicos que ingresaban en el museo procedentes de las excavaciones regladas, el patrimonio del Palacio de los Barones de Valdeolivos de Fonz, los bienes expuestos en los Monasterios Alto y Bajo de San Juan de la Peña o el Monasterio de Santa María de Sijena, con la recuperación de su patrimonio cultural en virtud de sentencia judicial.

Pero Ana era eso y mucho más. Quienes tuvimos el privilegio y la suerte de trabajar con ella en el museo, descubrimos a una magnífica y excepcional compañera, brillante, metódica y entusiasta. Siempre dispuesta de manera voluntaria a solventar los problemas que surgiesen. Con una calidad humana envidiable (de la que tanto tenemos que aprender) y permanente empatía para dulcificar cualquier circunstancia y situación.

En el Museo de Huesca deja un recuerdo imborrable, presente en la memoria colectiva del centro. Vamos a echar mucho de menos a nuestra gran compañera y amiga.

Hasta siempre, Ana